«Ocho hojas»

Me estaban mirando todos con unos ojos abiertos y sorprendidos por lo que les acababa de decir. Estaban sentados en el suelo, delante de mí. Cada año lo hago, y se repite la misma situación. Me miran incrédulos, al momento unos empiezan ya a soñar y a imaginar en sus pequeñas cabezas, mientras que otros buscan argumentos para no creer lo que les estoy diciendo.
Suelen tener tres, cuatro o cinco años, y al final todos creen. Ocurre curso tras curso cuando les digo que soy un hada.

Ya os podéis imaginar que algunos empiezan a soñar en modo purpurina y otros, buscan respuestas, a preguntas como: ¿y dónde tienes las alas? Tan pequeños y ya hay manifestaciones donde se ven las preferencias que tiene su cerebro…si es el hemisferio derecho, o el izquierdo el que manda.
Les explico que sólo me salen por la noche, por eso ellos no las pueden ver. Sus ojos brillan y me encanta.
Y hablando de mis alas, ¿sabéis que se necesitan ocho hojas de árboles diferentes, a los que te una tu corazón, para poder ser una auténtica hada del bosque?

Aún y viviendo en una ciudad con mar, siempre he sabido que soy un hada del bosque. La magia me fue dada en el ADN. Venir de Barbadillo de Herreros, en la sierra de la Demanda, tiene mucho que ver. Aunque creo que me la pasó mi madre, el día que me explicó que de pequeña, cuando iba a la huerta del Ranal a llevarle el almuerzo a mi abuelo, él le decía: – ¡Mira que ha salido del manzano! Y ahí…junto a las manzanas, habían caramelos colgados. Ese árbol aún está. Con el paso de los años sigue dando frutos, y en él aún están los clavos que puso mi abuelo y que utilizaba para colgar su chaqueta así como los utensilios que necesitaba. Esa fue sin duda la primera hoja de árbol que conseguí.

Ahí empezaron a crecerme un poco las alas. Os voy a explicar cómo conseguí las siete restantes. Esas hojas que me han llevado a sentir ese “picorcillo” en la espalda, eso que siento cuando mis alas me dicen que recuerde que están ahí.

La segunda hoja la recogí de muy pequeña. En verdad yo era pequeña pero mi familia muy grande. Nos encantaba ir a la sierra a pasar el día. Eran esos tiempos en que con tener una manta para sentarte en el suelo, botellas de agua dentro del río a enfriar, pan y una fiambrera con tortilla de patatas, era suficiente. Estar juntos, esa era la única condición, lo otro se podían considerar adornos.
Y ahí estaba ese haya. Enorme, por delante de él pasaba el río, y parecía que fuera el guardián del camino, que sólo dejaba pasar a unos privilegiados. A nosotros nos lo permitía. Bajo su sombra y dentro del río poníamos la bebida a enfriar. Y… cogíamos renacuajos, esos que pones en un caldero, y miras sin entender, como puede ser que se transforme en rana. Luego los devolvíamos al río para que siguieran su curso dentro de la vida. Sin duda, la hoja de haya que me guardé, fue la segunda que necesitaba.

La tercera la cogí un día yendo a Bezares, fue pasando por Matalmoro. Hay tantos robles, con esas hojas que sigo sin entender. Esas formas que te dicen que en la vida todo no va a ser liso,
ni redondo, que a veces va a ir en una dirección y otras tomará otros caminos. Pero que si juntas todos esos días, vas a conseguir vivir de verdad. Lo que hagas con los caminos ya va a depender de ti. Los robles que están tan juntos unos de otros, como dándose fuerza entre sí. Esa hoja fue mi tercera.

La cuarta no la cogí en el pueblo ni en sus alrededores, la cogí en un pueblo de Tarragona que se llama Perafort. Ahí tuvimos una casita en la que pasábamos la parte del verano en la que no podíamos ir a Barbadillo. Esa casa con jardín, que ahora en momentos de añoranza voy a visitar y me parece tan pequeña, cuando era niña se me antojaba enorme. Mi árbol era un sauce llorón, que por cierto ya no está. Me parecía raro, a la par que mágico, que un árbol se pudiera llamar llorón. Esas ramas que van hasta el suelo y en las que te puedes esconder. Pensaba que quizá lo de llorón venía porque si lo necesitas y estás dentro, sus ramas te sirven de abrazo. Esa hoja alargada y de punta, fue la cuarta que conseguí.

La quinta hoja pincha. Son agujas que duelen. Son recuerdos. Y tengo dos porque las cogí de dos lugares diferentes. Si estás pensando que son hojas de pino has acertado. Las primeras fueron en Pineda de la Sierra. Mi padre se fue a vivir allí de pequeño. Nos explicaba cómo con muy pocos años hacía el recorrido por la vía para coger clavos sueltos para mi abuelo, que era herrero. Cuando íbamos a visitar ese pueblo, pensaba en cuantos árboles le habrían protegido de que no le pasara nada. Ni lo pensé, cogí unas hojas de pino y me las guardé en el bolsillo.
Ir de Tarragona a Barbadillo es un trayecto que tanto nosotros como el coche podría hacerlo de memoria. Coges la autopista cerca de Valls, de ahí a Lérida, y en breve ves asomar el toro encima de las montañas y sabes que estás llegando a Zaragoza. Giras la cabeza para dar gracias a la Virgen del Pilar y sigues el camino. Poco tardas en ver Gallur y tomas el desvío, para entrar en la carretera en la que según vas avanzando kilómetros, te vas adentrando en un mundo más mágico. Es exponencial…como más te adentras hacia la sierra, menos coches y más vistas hermosas. Tras pasar Soria, en la que ya te empiezas a sentir como en casa, llegas a los pinares, y ahí el corazón se te llena porque sabes que estás muy cerca. Esos pinares siempre han sido un lugar de referencia. De ahí también guardé unas cuantas hojas.

¿Sabéis como cogí la sexta? Un día lo noté al bajar a la ermita de Costana, era otoño, necesitaba un poco de silencio, y en verdad lo necesitaba dentro y fuera mío. El prado de la ermita siempre me lo da. Pero según iba caminando y ordenándome por dentro, oía un crujir, muy flojito muy flojito, y no sabía que era. Estaba fascinada por los colores: marrón, naranja, rojo, mezclado con el verde y el amarillo.Y ahí estaba caminando y mirando los chopos que me encantan, con esas hojas que mueve el viento en verano y me parecen gotas plateadas que bailan para los que pasamos por allí, cuando la vi.
Aquel crujir eran las hojas que se separaban de la rama para ir a caer al camino. No podía creer que pudiera ser tan bonito. Ahí estaban para mí. Esas hojas redondeadas con las que hacemos guirnaldas las hadas para decorar nuestras fiestas, salían a recibirme y a decir que estaba en casa. Esa fue mi sexta hoja.

La séptima… ¡ay la séptima! fue cuando acababan de poner wifi en la plaza del pueblo, donde si querías tener señal con el móvil, tenías que ir allí, sí justo allí, donde está el castaño. Y es que con él me pasó lo que pasa a veces en la vida. Que lo tienes tan cerca y ni lo ves. Como
siempre estaba ahí… daba igual la estación, daba igual su color, o el número de hojas que tuviera, siempre estaba. Y yo no lo veía. Fue una tarde de verano, allí sentada con el móvil en la mano, que lo supe. En la pantalla se reflejaban las hojas, y era como que me llamaban y me decían: -Pero bueno, ¿no te vas a acordar de nosotras? Agradecí su presencia y conseguía así tener siete hojas, y estar más cerca de la octava y última.

Aunque lo bueno que me trajo el castaño fue el sentirme agradecida, de todo lo que tenía. Ahí empecé a ser consciente de que no hace falta buscar lejos, muchas veces ni fuera de ti misma, sino adentro tuyo es donde anidan las respuestas.
Tenía todas las hojas guardadas en una cajita plateada: una que cuando la abres se levanta una bailarina, y si has girado bien la ruedecita que hay abajo, cuando se pone en pie, al ritmo de la música empieza a dar vueltas y a bailar. Era mi caja preferida desde pequeña. Contaba las hojas una y otra vez, siempre había siete. Necesitaba otra. Y hojas veía muchas, pero que se unieran a mi corazón…de esas no.

Reconozco que estuve a punto de abandonar y pensé que igual lo de ser un hada no era para mí. Pero estaba tan cerca…
Y un día cuando me iba a Santa Icilia para dar un paseo, justo antes de llegar al puente, me paré a mirar la casa que siempre me ha tenido enamorada. Es una casita que casi siempre la he conocido vacía. Quizá eso es lo que me hacía imaginar, como la tendría yo por dentro, que haría en ese pequeño jardín. Si dejaría los marcos de las ventanas y la verja de color amarillo o si lo pintaría de otro color. Cerré los ojos como hacía tantas veces al pasar por allí, y esta vez al abrirlos me giré hacia el río y lo vi. Era un serbal, un árbol mágico donde los haya, con un montón de bolitas rojas, como rubíes. No sabía si era mi imaginación, pero sentí que las bolitas empezaban a bailar: subían, bajaban, parecía un ballet real; y de pronto… se colocaron en forma de un gran corazón.
Entonces lo supe: esa iba a ser mi octava hoja. La del serbal. La cogí y subí corriendo a casa, estaba a punto de anochecer. Saqué la cajita plateada del rincón del armario donde estaba escondida, y guardé la hoja que hacía el número ocho.

En ese momento, un escalofrío recorrió toda mi espalda, y lo sentí. Mis alas estaban enteras, se habían acabado de formar. Con miedo a la vez que una emoción que no podría explicar me miré de reojo en el espejo. Y allí estaba yo…tan normal y con tanta magia para repartir.
Ya era de noche, estaba el fuego encendido en la chimenea. Que ese día hubiera para cenar huevos fritos con morcilla y chorizo, era la señal de que todo estaba bien. Que así era como tenía que ser.

Desde entonces, a los únicos que hago mis confidentes es a los niños que tengo en clase. Ellos lo saben. Y se hacen mayores, van cambiando de curso y de etapa, pero dentro de ellos queda algo conectado, a la sierra, al pueblo, a los árboles y a la magia.
Es de noche, mis alas no caben en sí de alegría. Cuando recuerdas los principios de algo, una sonrisa ilumina la cara. Y sí… yo ahora estoy sonriendo.

10 respuesta a “«Ocho hojas»”

  1. Com sempre 👏👏
    Que bonic el conte 💗
    Em puc imaginar el teu poble i els seus voltants, l’aire fresc i puc, les tardors, els hiverns, les primaveres i els estius amb manta😉
    Petonets màgics 🦋
    Fada estimada🧚🧚‍♂️🧚🏼‍♀️

  2. Ai Esther!!!!qué pasada de história!!!
    Que recorrido tan bonito unen esas hojas que hace q entres en esos bosques y sitios mágicos q nos explicas!!!
    Me encantas hada!!!

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